viernes, 25 de noviembre de 2016

Misericordia

Paseo entre las playas de Mourisca y Das Fontes. Vigo.
misericordia. (Del lat. misericordîa). f. Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda.

No llegas a conocer el alma de los amigos, la segunda familia que haces en la vida, hasta el día que deciden revelarte aquella historia extraordinaria que guardan en su memoria de forma secreta y silenciosa. Cuando lo hacen, quizás se deba a que por fin dieron con la persona con la que se encuentran a gusto, circunstancia que no siempre sucede.
Esta fue la impresión que te llevaste al conocer la revelación que tu amiga te hizo aquella noche, mientras contemplabais la ría de Vigo sentados en un banco ubicado en el paseo de madera que conduce desde la playa de Mourisca a la de Das Fontes.
La admiración del extraordinario paisaje nocturno que desde allí se divisa, con el mar batiendo a vuestros pies, y cuya vista alcanza las localidades de Cangas de Morrazo y Moaña, perfectamente delimitadas por puntos luminosos a modo de píxeles, pudo ser la motivación para que tu colega se sincerara y decidiese hacerte partícipe de una experiencia que te dejó estupefacto.
Ella te advirtió que nunca había desvelado esta vivencia a ninguna otra persona porque sabía de antemano que no la entenderían y porque en el ejercicio de su profesión “determinados hechos suponen fuertes impactos emocionales que nunca olvidas porque te marcan para siempre”, según puntualizó.
En la época en la que sucedió el relato, tu amiga trabajaba en el Hospital de Soria y allí fue donde conoció a Luis, con treinta y tres años y desahuciado por contraer el sida como consecuencia de compartir jeringas y pretender meterse en vena lo que fue incapaz de asumir y desafiar de forma frontal. Su existencia desgraciada.
Luis no tuvo estudios pero sí educación y respeto por todo lo que le rodeaba. Ella lo recordaba siempre solo en su habitación. Nadie lo visitaba. No tenía amigos ni familiar alguno que mostrase un mínimo de interés por él. Tampoco recibía llamadas, ni recados, ni mensajes, ni misiva alguna que llegase de fuera de los límites de la región de Castilla León en donde se encontraba, porque eso era otro inconveniente, sobrevivir en un lugar que para él significaba existir en tierra de nadie.
La única vida social la hacía con personas desconocidas enfundadas en batas blancas con las que hablaba de forma puntual, cuando entraban en su habitación durante unos breves minutos para controlarle la medicación o cualquier cuestión relacionada con su decrépito estado de salud. Una situación sin  reversión alguna, sin piedad ni perdón, ante la que solo te queda esperar a pesar de que te resistas a admitirla.
En esas condiciones, por muy joven que seas, la llegada de la muerte se atisba de una forma lenta pero inminente. Es el instante final del abandono de nuestro cuerpo, que nos resulta inimaginable e inenarrable porque nadie ha vuelto para contarlo.
Las pocas perspectivas que ofrecían dicha situación fueron las que motivaron que tu amiga estuviese más pendiente de Luis y, al mismo tiempo, mantuviese una discreta y profesional distancia emocional con él. Ella sabía que este joven enfermo tenía las semanas contadas. La supervisora de planta también se lo había advertido, al igual que al resto de sus compañeras sanitarias, pero para tu colega esto no era óbice para no acompañar a quien lo necesitaba, simplemente por hacerle compañía y ayudarle a sobrellevar sus últimas semanas de existencia.
Así, ella le dedicó todo el tiempo libre del que dispuso durante casi tres meses visitándolo después de finalizar su trabajo diario. De igual forma estuvo a su lado durante los fines de semana y todas las tardes de las que dispuso libre de compromisos y recados para brindarle su compañía, su mirada y escuchar lo que Luis le quisiera contar.
Esta actitud no es de extrañar, porque tu amiga entiende que el ejercicio de la profesión de enfermería no se ciñe de forma exclusiva a suministrar medicación y hacer curas. “A veces recibir una sonrisa o una palabra amable puede ser tan importante como las medicinas”, sostenía en un tono de voz de sincera humildad.
“Cuando una persona enferma terminal está en un hospital”-continuaba-, “es muy vulnerable, y casos como el de Luis no solo consisten en cuidarlos, sino en tratarlos con amabilidad, con cariño y, sobre todo, escucharlos”.
En aplicación de este principio, la percepción que tuvo de ese chico era la necesidad de contar con alguien que le prestase atención y con quien no sentirse juzgado ni censurado. Durante sus largas visitas, Luis le desveló que había perdido a su mujer y a su hija pequeña en un accidente de tráfico. A raíz de ese terrible suceso, el camino por el que optó fue la delincuencia para obtener sus dosis diarias para sobrevivir a los fantasmas que le acompañaron como el aire que respiraba.
Luis sostuvo que tal mortificación le llevó a convertirse en un auténtico forajido cuya actividad principal fue asaltar bancos para terminar con sus huesos maltrechos en una dura y fría cama de una penitenciaria cualquiera de la Península. A partir de este punto de inflexión, si a comienzos de la década de los 90 enfermabas de sida, ya te podías hacer una idea de cuál sería el coste del peaje de tu trashumancia por el resto de la vida.
De esta manera, una tarde tras otra y un fin de semana tras otro fueron las que tu colega enfermera estuvo escuchándolo, a la vez que constataba cómo mejoraba emocionalmente y evidenciaba una profunda sensación de paz.
Para tu camarada esta forma de actuar “es una de las maneras de aliviar a una persona”, al tiempo que hacía hincapié -ante el hecho descrito- en “la necesidad de calmar su sufrimiento ya que los secretos no dejan de ser losas que guardamos en nuestra memoria hasta el momento que decidimos expresarlos en voz alta, y es cuando nos liberan”.
“No se trata de lamentarse por el tiempo que se podía haber aprovechado, sino por expresar los sentimientos que hemos sido incapaces de mostrar a aquellas personas por las que sentimos un profundo amor y una gran ternura”, destacaba tu amiga con total certeza.
Conocer estos gestos y la verdadera compasión de tu amiga con ese chico. La capacidad de dedicación y generosidad con un enfermo desconocido, más allá de la labor profesional que desempeñaba, y la manera de plasmarte cómo entiende y asume su profesión, haciéndote partícipe de su sentir y con una ausencia de retórica en sus palabras, te sonó a un testamento espiritual por su parte.
Percibir este cúmulo de detalles de esta amiga fue lo que casi te revienta el alma en ese instante, al comprender que a tu lado tenías sentada a quien podrías considerar una verdadera protectora.
Las largas conversaciones entre Luis y tu compañera también le ayudaron a aceptar los derroteros de las decisiones que tomó en su vida. Equivocaciones ante las que mostró su reconocimiento de forma tranquila y callada, porque sus  frases siempre concluían con un largo silencio y con la mirada cabizbaja.
Sin embargo, la manera de proceder de tu amiga también llevó a Luis al lógico y equivocado pensamiento basado en que ella podría tener otra intención. El propósito que él anhelaba antes de abandonar su cuerpo fue que alguien le quisiera y le mostrará cariño más allá de una amistad. Necesidad que también podía interpretarse como un guiño a su último intento por aferrarse a la vida.
El instinto de supervivencia conducía a Luis al deseo de retomar una nueva vida, pero ya era demasiado tarde y aunque no hubiese sido tarde, ella tuvo muy claro en donde estaba la distancia que nunca traspasó.
A pesar de todo, a Luis de poco le sirvió ese atisbo de ilusión al anunciarle uno de los médicos que en breve sería trasladado a una residencia para personas abandonadas y enfermos de sida ubicada en Madrid.
Si bien esta noticia la asumió como una novedad que rompía la rutina de su estancia hospitalaria, no fue hasta el momento de organizar su pequeño equipaje encima de la cama, cuando se percató de que su traslado forzoso a la residencia madrileña significaba quedarse solo una vez más.
La soledad y el abandono eran el reflejo de la última y la única losa de la que no podía desprenderse, mucho mayor que la propia muerte anestesiada bajo sedantes.
La mañana de su partida ella había llegado minutos antes a su habitación para despedirse pero Luis ni la miró y se limitó a responderle con monosílabos. La angustia de pensar que se volvía a enfrentar al desamparo generó en él un comportamiento distante ante quien había sido su única acompañante, su amiga enfermera, su última amiga, porque sabía que al abandonar ese hospital ya no tendría a nadie más que mostrase interés por él y por su aciaga situación.
Luis no quería ni hablar y en un momento en el que ella se ausentó al ser reclamada en su labor, él abandonó de inmediato la habitación, sin tan siquiera despedirse, para entrar en la ambulancia. Era su forma de mostrar su enfado y frustración por verse obligado a abandonar el Hospital de Soria, por verse forzado a dejar de verla.
La cama de un hospital cualquiera.
El comportamiento de Luis originó una profunda tristeza en tu colega, a quien también le tocó sobreponerse a la amargura de ese chico durante todas las semanas que le dedicó, a tenor de los relatos de las vivencias que iba conociendo de él.
Pero no fue hasta a la semana siguiente cuando se produjo un hecho que cambió el sentir y el desconsuelo de tu compañera. En la planta del hospital donde trabajaba alguien pronunció su nombre en voz alta para entregarle una carta que había llegado para ella.
La misiva era de Luis y en un folio lleno de faltas de ortografía y algunos tachones le mostraba su más sincera disculpa por su comportamiento cuando abandonó el centro hospitalario. A la vez le agradecía, con un hondo sentir en su dificultosa caligrafía, la dedicación de su tiempo extraordinario dejando entrever su último gesto de ternura y cariño con esa enfermera que no hizo más que estar a su lado sencillamente para acompañarlo y escucharlo.
Siempre has pensado que en algún momento de nuestra existencia es probable que a nuestro protector, ángel custodio, o como desees nombrarlo, le toque despedirse de nosotros porque ya hizo todo lo que podía hacer para que siguiésemos adelante. Quizás tu amiga pudo ser la personificación de ese misterioso y sigiloso acompañante de nuestra vida –que tú siempre imaginas como una mujer- al presentarse ante ese joven enfermo en el momento que más lo necesitaba.
Y  eso fue lo que hizo esta joven enfermera, acercarse a Luis para ayudarle a despedirse de su existencia, de la misma forma que su compasión y amor altruista se juntaron para apoyarle en su marcha de este mundo.
Fiel a su educación y a sus valores, ella contestó a Luis de inmediato mostrándole su cariño y agradecimiento por la consideración de sus palabras. Él ya no respondió a la misiva de tu amiga. © Copyright 2016


16 comentarios:

  1. Al final todo ser humano necesita ser escuchado y que se le escuche. Nada dignifica más a una persona que hablar sin tapujos para hacerse ver, porque de otra manera estoy convencida que acumulamos todo lo que nos callamos y el cuerpo lo somatiza con síntomas físicos y enfermamos. Y es tanto el bienestar que provoca establecer un feed-back con alguien que todos debiéramos expresar a diario todo aquello que nos ronda en la cabeza. Es realmente liberador y supongo que en el final de nuestros días más.
    Yo lo practico a diario y hay quien dice que hablo mucho, pero a mí me merece la pena, qué digo!, la alegría.
    Gracias por hacernos reflexionar canarión. Un placer.

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    1. Ser sociable y comunicarse con los demás, hablar, expresar lo que se siente, abrirse a esa persona que está deseando escucharte y conocerte significa uno de los placeres de la vida, del día a día. Felicidades, Gemma, por practicar esta filosofía de vida y nunca dejes de hablar y expresar lo que sientes porque eso es el testimonio de que vives y es un lujo saber que existes. Muchísimas gracias por tu comentario porque también ha sido un placer leerlo.

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  2. Me ha encantado el relato, aunque me gusta mucho más que seas esa persona con la que los demás se encuentran tan a gusto q son capaces de abrir su corazón, con lo sano que es eso!
    Desde luego tu amiga debe ser un Angel de la guarda, como muchas personas que trabajan con personas qué necesitan cariño, ya sea por enfermedad o por cualquier otro tipo de dificultades. Enhorabuena a los dos por vuestra amistad y por vuestra sensibilidad y muchas gracias por contárnoslo. A mi se me han puesto los pelos de punta!

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    1. Lo digo abiertamente: esa amiga -que me ha pedido de forma expresa que no la cite bajo ningún concepto-, sí que es un angelote. Recuerdo que el día que me contó su historia me sentí doblemente orgulloso. Primero porque era la primera vez que hablaba de esa vivencia y, segundo, porque era a mí a quien se la narraba. Estas dos circunstancias más la historia en sí me impactaron. Que alguien confíe en ti unos hechos que ha vivido hace veinte años y sobre los que nunca ha querido hablar con nadie, es para no separarse de ella en la vida. Espero no perder nunca su amistad, al tiempo que reconozco, que para mí ya es mi ángel de la guarda, en este plano, porque me ha ayudado muchísimo en circunstancias tremendamente duras y complejas. Muchas gracias, Maria Jose, por tus palabras aunque siempre seré yo quien deba darle las gracias a esta amiga precisamente por eso, por ser mi amiga (por no decir una hermana). Un abrazo.

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  3. Sencillo, cercano, con una gran dosis de humanidad y sobre todo,reflexivo.Una sonrisa, una palabra amable, un gesto es más eficaz que cualquier medicina.

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    1. Muchas gracias, Luisa, por tus palabras. Me gusta mucho cómo has definido en tres líneas esta historia. Coincido contigo en que una palabra amable o un gesto pueden resultar más beneficiosos que cualquier medicina, máxime si tenemos en cuenta que de esta vida nos llevamos los recuerdos, las emociones, siendo el cuerpo lo único que dejamos en este plano.

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  4. Sí, José María, es una historia conmovedora, entrañable, y el gesto de esta mujer es sencillamente de misericordia, de compasión en mayúsculas, de la de verdad. Pero... yo no sé si al chico le hizo concebir unas esperanzas e ilusiones que luego se vieron rotas, una vez más, en su jodida vida. Yo no sé si es mejor marcharte de aquí asumiendo que no hay esperanza que irte cuando ya la habías recobrado y creías que, por fin, podías vislumbrar una luz al final del túnel, que quizás de esta vez iba a ser que sí. Tener que irte teniendo tan presente lo que pudo haber sido y no fue, que otra vez la vida te ha negado aquello que tanto anhelabas.... Repito, no sé qué será mejor. La intención de la chica es pura, es indescriptiblemente hermosa, pero a mí me viene a la cabeza un dicho: "De buenas intenciones está lleno el infierno". Y por nada del mundo este comentario quiere ser una crítica. Solo es una reflexión, y sincera, de verdad te digo que es sincera y muy sentida. Y lo repito por última vez: yo no sé.

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    1. La reflexión que expones me resulta muy interesante, Maricarmen. Es más, coincido con tu visión porque, en el fondo, te queda ese regusto amargo, como bien dices, de "lo que pudo ser y no fue". Sé perfectamente que tu comentario no es un crítica porque comprendo el sentido de tu visión. Son dos situaciones que se encuentran: la actitud de esta amiga quien siempre tuvo claro en no ofrecerle expectativas de ningún tipo de relación con ella más allá de escucharlo para que se encontrase a gusto y acompañado y el análisis que él hace sobre lo que fue su vida. No obstante, considero que siempre valió la pena cómo vivió ese chico sus últimos días en el Hospital de Soria frente a la posibilidad de que quedarse solo y no tener con quien compartir los sentimientos sobre cómo fue su vida. Gracias de corazón por tu interesante aportación. Me ha encantado. Un beso.

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  5. Como siempre, me ha encantado tu relato, cuanto mejor funcionaría el mundo si todos actuáramos de igual forma que ese ángel disfrazado de enfermera...que fácil es, y que difícil lo hacemos. No hay mayor satisfacción en la vida o en tu vida laboral que actuar con empatía, comprensión y respeto hacia el prójimo, sobre todo cuando no hemos andado su camino ni calzado sus zapatos. Un gran abrazo

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras, Tere. Estoy completamente de acuerdo contigo. Si todos actuásemos así este mundo sería otra historia. Sin embargo, nos queda el consuelo de estar rodeados de amigos y amigas que funcionan de la manera que describo en el blog y para mi es un gran orgullo. Un fuerte y cariñoso abrazo.

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  6. Siempre ha habido y habrá personas como tu amiga aunque no siempre tengas consciencia de que ello suceda..

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    1. Es cierto, Elena, y ojalá siempre sea así como dices aunque me consta que también fallecen personas en la más absoluta soledad y no solo en sus domicilios.

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  7. "Todas las criaturas de este mundo mueren solas. No quiero estar solo."
    Film: Donnie Darko (Richard Kelly-2001)

    Tu relato me ha evocado esta cita, y creo firmemente que Luis no estuvo solo. A pesar de la distancia física, la soledad no se siente por ella, sino por la ausencia de amor (en cualquiera de sus facetas). Es por ello por lo que creo que no necesariamente se suple con una mera presencia, sino por el hecho de serntirse querido. Una persona le quiso, así se lo hizo sentir, así lo sintió y así murió.
    Fue afortunado.

    A medida que te leía iba viajando al pasado, a recuerdos tristes y experiencias vividas. No hay consuelo en cuidados paliativos, ni al borde de la muerte consciente, sólo gente que como tu amiga, curan la más dolorosa enfermedad que existe: la soledad.
    Es un amor.

    Y tu otro…gracias por tu tiempo.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Susana. Haces hincapié en un detalle muy importante: la más dolorosa enfermedad es la soledad. Creo que Luis sí que fue afortunado y también yo por conocer esa historia por parte de ella. Un abrazo.

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  8. Gracias a tí y a tu amiga por esa hermosa e intensa vivencia que me acompaña en la hora última de este 2016. Es muy grato escucharte el alma desde todo lo que escribes. Mi abrazo. Orisel.

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    1. Me dejas sin palabras, Orisel. Gracias a ti por tu sensibilidad y reconocimiento a las historias que aquí narro. Un fuerte y entrañable abrazo.

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