viernes, 25 de noviembre de 2016

Misericordia

Paseo entre las playas de Mourisca y Das Fontes. Vigo.
misericordia. (Del lat. misericordîa). f. Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda.

No llegas a conocer el alma de los amigos, la segunda familia que haces en la vida, hasta el día que deciden revelarte aquella historia extraordinaria que guardan en su memoria de forma secreta y silenciosa. Cuando lo hacen, quizás se deba a que por fin dieron con la persona con la que se encuentran a gusto, circunstancia que no siempre sucede.
Esta fue la impresión que te llevaste al conocer la revelación que tu amiga te hizo aquella noche, mientras contemplabais la ría de Vigo sentados en un banco ubicado en el paseo de madera que conduce desde la playa de Mourisca a la de Das Fontes.
La admiración del extraordinario paisaje nocturno que desde allí se divisa, con el mar batiendo a vuestros pies, y cuya vista alcanza las localidades de Cangas de Morrazo y Moaña, perfectamente delimitadas por puntos luminosos a modo de píxeles, pudo ser la motivación para que tu colega se sincerara y decidiese hacerte partícipe de una experiencia que te dejó estupefacto.
Ella te advirtió que nunca había desvelado esta vivencia a ninguna otra persona porque sabía de antemano que no la entenderían y porque en el ejercicio de su profesión “determinados hechos suponen fuertes impactos emocionales que nunca olvidas porque te marcan para siempre”, según puntualizó.
En la época en la que sucedió el relato, tu amiga trabajaba en el Hospital de Soria y allí fue donde conoció a Luis, con treinta y tres años y desahuciado por contraer el sida como consecuencia de compartir jeringas y pretender meterse en vena lo que fue incapaz de asumir y desafiar de forma frontal. Su existencia desgraciada.
Luis no tuvo estudios pero sí educación y respeto por todo lo que le rodeaba. Ella lo recordaba siempre solo en su habitación. Nadie lo visitaba. No tenía amigos ni familiar alguno que mostrase un mínimo de interés por él. Tampoco recibía llamadas, ni recados, ni mensajes, ni misiva alguna que llegase de fuera de los límites de la región de Castilla León en donde se encontraba, porque eso era otro inconveniente, sobrevivir en un lugar que para él significaba existir en tierra de nadie.
La única vida social la hacía con personas desconocidas enfundadas en batas blancas con las que hablaba de forma puntual, cuando entraban en su habitación durante unos breves minutos para controlarle la medicación o cualquier cuestión relacionada con su decrépito estado de salud. Una situación sin  reversión alguna, sin piedad ni perdón, ante la que solo te queda esperar a pesar de que te resistas a admitirla.
En esas condiciones, por muy joven que seas, la llegada de la muerte se atisba de una forma lenta pero inminente. Es el instante final del abandono de nuestro cuerpo, que nos resulta inimaginable e inenarrable porque nadie ha vuelto para contarlo.
Las pocas perspectivas que ofrecían dicha situación fueron las que motivaron que tu amiga estuviese más pendiente de Luis y, al mismo tiempo, mantuviese una discreta y profesional distancia emocional con él. Ella sabía que este joven enfermo tenía las semanas contadas. La supervisora de planta también se lo había advertido, al igual que al resto de sus compañeras sanitarias, pero para tu colega esto no era óbice para no acompañar a quien lo necesitaba, simplemente por hacerle compañía y ayudarle a sobrellevar sus últimas semanas de existencia.
Así, ella le dedicó todo el tiempo libre del que dispuso durante casi tres meses visitándolo después de finalizar su trabajo diario. De igual forma estuvo a su lado durante los fines de semana y todas las tardes de las que dispuso libre de compromisos y recados para brindarle su compañía, su mirada y escuchar lo que Luis le quisiera contar.
Esta actitud no es de extrañar, porque tu amiga entiende que el ejercicio de la profesión de enfermería no se ciñe de forma exclusiva a suministrar medicación y hacer curas. “A veces recibir una sonrisa o una palabra amable puede ser tan importante como las medicinas”, sostenía en un tono de voz de sincera humildad.
“Cuando una persona enferma terminal está en un hospital”-continuaba-, “es muy vulnerable, y casos como el de Luis no solo consisten en cuidarlos, sino en tratarlos con amabilidad, con cariño y, sobre todo, escucharlos”.
En aplicación de este principio, la percepción que tuvo de ese chico era la necesidad de contar con alguien que le prestase atención y con quien no sentirse juzgado ni censurado. Durante sus largas visitas, Luis le desveló que había perdido a su mujer y a su hija pequeña en un accidente de tráfico. A raíz de ese terrible suceso, el camino por el que optó fue la delincuencia para obtener sus dosis diarias para sobrevivir a los fantasmas que le acompañaron como el aire que respiraba.
Luis sostuvo que tal mortificación le llevó a convertirse en un auténtico forajido cuya actividad principal fue asaltar bancos para terminar con sus huesos maltrechos en una dura y fría cama de una penitenciaria cualquiera de la Península. A partir de este punto de inflexión, si a comienzos de la década de los 90 enfermabas de sida, ya te podías hacer una idea de cuál sería el coste del peaje de tu trashumancia por el resto de la vida.
De esta manera, una tarde tras otra y un fin de semana tras otro fueron las que tu colega enfermera estuvo escuchándolo, a la vez que constataba cómo mejoraba emocionalmente y evidenciaba una profunda sensación de paz.
Para tu camarada esta forma de actuar “es una de las maneras de aliviar a una persona”, al tiempo que hacía hincapié -ante el hecho descrito- en “la necesidad de calmar su sufrimiento ya que los secretos no dejan de ser losas que guardamos en nuestra memoria hasta el momento que decidimos expresarlos en voz alta, y es cuando nos liberan”.
“No se trata de lamentarse por el tiempo que se podía haber aprovechado, sino por expresar los sentimientos que hemos sido incapaces de mostrar a aquellas personas por las que sentimos un profundo amor y una gran ternura”, destacaba tu amiga con total certeza.
Conocer estos gestos y la verdadera compasión de tu amiga con ese chico. La capacidad de dedicación y generosidad con un enfermo desconocido, más allá de la labor profesional que desempeñaba, y la manera de plasmarte cómo entiende y asume su profesión, haciéndote partícipe de su sentir y con una ausencia de retórica en sus palabras, te sonó a un testamento espiritual por su parte.
Percibir este cúmulo de detalles de esta amiga fue lo que casi te revienta el alma en ese instante, al comprender que a tu lado tenías sentada a quien podrías considerar una verdadera protectora.
Las largas conversaciones entre Luis y tu compañera también le ayudaron a aceptar los derroteros de las decisiones que tomó en su vida. Equivocaciones ante las que mostró su reconocimiento de forma tranquila y callada, porque sus  frases siempre concluían con un largo silencio y con la mirada cabizbaja.
Sin embargo, la manera de proceder de tu amiga también llevó a Luis al lógico y equivocado pensamiento basado en que ella podría tener otra intención. El propósito que él anhelaba antes de abandonar su cuerpo fue que alguien le quisiera y le mostrará cariño más allá de una amistad. Necesidad que también podía interpretarse como un guiño a su último intento por aferrarse a la vida.
El instinto de supervivencia conducía a Luis al deseo de retomar una nueva vida, pero ya era demasiado tarde y aunque no hubiese sido tarde, ella tuvo muy claro en donde estaba la distancia que nunca traspasó.
A pesar de todo, a Luis de poco le sirvió ese atisbo de ilusión al anunciarle uno de los médicos que en breve sería trasladado a una residencia para personas abandonadas y enfermos de sida ubicada en Madrid.
Si bien esta noticia la asumió como una novedad que rompía la rutina de su estancia hospitalaria, no fue hasta el momento de organizar su pequeño equipaje encima de la cama, cuando se percató de que su traslado forzoso a la residencia madrileña significaba quedarse solo una vez más.
La soledad y el abandono eran el reflejo de la última y la única losa de la que no podía desprenderse, mucho mayor que la propia muerte anestesiada bajo sedantes.
La mañana de su partida ella había llegado minutos antes a su habitación para despedirse pero Luis ni la miró y se limitó a responderle con monosílabos. La angustia de pensar que se volvía a enfrentar al desamparo generó en él un comportamiento distante ante quien había sido su única acompañante, su amiga enfermera, su última amiga, porque sabía que al abandonar ese hospital ya no tendría a nadie más que mostrase interés por él y por su aciaga situación.
Luis no quería ni hablar y en un momento en el que ella se ausentó al ser reclamada en su labor, él abandonó de inmediato la habitación, sin tan siquiera despedirse, para entrar en la ambulancia. Era su forma de mostrar su enfado y frustración por verse obligado a abandonar el Hospital de Soria, por verse forzado a dejar de verla.
La cama de un hospital cualquiera.
El comportamiento de Luis originó una profunda tristeza en tu colega, a quien también le tocó sobreponerse a la amargura de ese chico durante todas las semanas que le dedicó, a tenor de los relatos de las vivencias que iba conociendo de él.
Pero no fue hasta a la semana siguiente cuando se produjo un hecho que cambió el sentir y el desconsuelo de tu compañera. En la planta del hospital donde trabajaba alguien pronunció su nombre en voz alta para entregarle una carta que había llegado para ella.
La misiva era de Luis y en un folio lleno de faltas de ortografía y algunos tachones le mostraba su más sincera disculpa por su comportamiento cuando abandonó el centro hospitalario. A la vez le agradecía, con un hondo sentir en su dificultosa caligrafía, la dedicación de su tiempo extraordinario dejando entrever su último gesto de ternura y cariño con esa enfermera que no hizo más que estar a su lado sencillamente para acompañarlo y escucharlo.
Siempre has pensado que en algún momento de nuestra existencia es probable que a nuestro protector, ángel custodio, o como desees nombrarlo, le toque despedirse de nosotros porque ya hizo todo lo que podía hacer para que siguiésemos adelante. Quizás tu amiga pudo ser la personificación de ese misterioso y sigiloso acompañante de nuestra vida –que tú siempre imaginas como una mujer- al presentarse ante ese joven enfermo en el momento que más lo necesitaba.
Y  eso fue lo que hizo esta joven enfermera, acercarse a Luis para ayudarle a despedirse de su existencia, de la misma forma que su compasión y amor altruista se juntaron para apoyarle en su marcha de este mundo.
Fiel a su educación y a sus valores, ella contestó a Luis de inmediato mostrándole su cariño y agradecimiento por la consideración de sus palabras. Él ya no respondió a la misiva de tu amiga. © Copyright 2016


jueves, 6 de octubre de 2016

Flore de Maillard, un regalo para el alma

Iglesia del Monasterio de Sobrados dos Monxes.
Verano. Una estación que nunca soportas. No aguantas el calor pese a haber nacido donde naciste. Por esta razón, en este período del año, cada vez que te diriges a cualquier lugar, aunque estés de turismo, el camino se te hace más largo de lo habitual y profundamente soporífero. Pero en esta ocasión fue diferente. Gracias a la paciencia para sobrellevar el bochorno de aquel día, tuviste la suerte de vivir una experiencia difícil de olvidar.
Aquella tarde de agosto te dirigiste con tu coche a uno de los cenobios más antiguos existentes en Galicia, el Monasterio cisterciense de Santa María de Sobrado, o Sobrado dos Monxes, como más te gusta llamarlo y también como se le conoce de forma popular.
A esas horas, pese a lo avanzado de la tarde, aún hacía un calor infernal y por no bajarte antes de tiempo optaste por atravesar el primer pórtico con el vehículo, cuyo interior parecía una nevera, debido a la manía que tienes de regular el aire acondicionado por debajo de los dieciocho grados de temperatura. Al momento te arrepentiste al darte cuenta que existen lugares en los que uno nunca debe adentrarse con el coche pese a que esa licencia esté permitida.
El acceso al recinto monacal lo precede un estrecho túnel en granito, que da nombre a la antigua Casa de las Audiencias del monasterio, la Casa del Arco. Edificación cuya entrada significa la frontera entre la vida mundana -la plaza del pueblo de Sobrado flanqueada por un par de cafeterías con terrazas y niños jugando por las inmediaciones-, y el recogimiento propio y silencioso en el que, de inmediato, te encuentras inmerso una vez que traspasas la galería que conduce a los terrenos del monasterio.
Una vez en su interior aparcaste debajo de unos robles -con la idea premeditada de buscar sombra a toda costa en cuanto te bajases del vehículo- para, acto seguido, caminar por la explanada de hierba seca hasta llegar a la Portería, situada a pocos metros en el edificio anexo a la derecha de la fachada principal de la iglesia.
Vista parcial del claustro de los medallones.
Después de pagar el coste simbólico que te permite visitar los dos claustros -el de los Medallones y el de los Peregrinos-, además del propio templo, la hospedería y el albergue, siguiendo un pequeño plano que te facilitaron en la entrada, enfilaste tus pasos en dirección a la sacristía, desde la que accediste a la iglesia en busca del lugar más fresco que pudieses encontrar. Porque esa es otra noción que guardas en la memoria de los veranos de tu infancia en Sevilla. En pleno mes de agosto no existe otro lugar más fresco y cómodo en la ciudad andaluza que el interior de la propia Catedral hispalense. Y en esta ocasión tampoco te equivocaste. Esa tarde, bajo las bóvedas de la iglesia de Sobrado dos Monxes había una diferencia de temperatura de casi diez grados menos respecto al exterior, y con cierto alivio pensaste “Chaaacho… esto ya es otra cosa”.
Tu particular curiosidad te llevó por el interior del templo a la sobria capilla de San Juan Bautista, ubicada a la izquierda del altar, una construcción románica en la que destacan la parquedad de sus elementos decorativos, para proseguir por la capilla del Rosario cuya ejecución de la obra data del siglo XVII.
A continuación, y con la discreción que impone el silencio que reina en el interior del templo, en donde la humedad en la piedra de granito cohabita con el musgo en sus zonas más expuestas al sol, volviste sobre tus pasos para adentrarte, a través de un pequeño túnel en zigzag de estilo renacentista, hasta alcanzar el final de la sacristía. Aquí te deleitaste contemplando un fresco realizado en una pared en la que todavía figuran los denominados doctores de la iglesia latina: San Jerónimo; San Gregorio; San Agustín y San Ambrosio. Este lugar es una sala de base cuadrangular, coronada en su techo por una pequeña cúpula esférica, que antaño albergó reliquias de vete tú a saber quién…
En ese preciso instante fue cuando sucedió lo mejor que te puede ocurrir cuando visitas un monasterio o una iglesia románica. De súbito, las paredes de esa sala se hicieron eco de una voz, una voz femenina que entonaba un canto religioso, circunstancia que no suele ser habitual salvo que te encuentres en el Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas, en Burgos, en donde recordabas haber escuchado por última vez a un coro de monjas, casualmente también cistercienses, como la comunidad que reside en Sobrado dos Monxes.
La reverberación de aquella voz de mujer te sumió en un estado de profunda serenidad que envolvió tu cuerpo hasta estremecerte. La sensación fue de tal magnitud que todavía no recuerdas cómo retrocediste sobre tus pasos sin tropezar en los cantos de las losas cuadradas del suelo. Estabas absorto, maravillado, y tu respiración se volvió profundamente suave.
Aquella interpretación te cautivó porque era un concierto muy limpio, con un desarrollo tonal y armónico perfecto, tanto que incluso te llegaste a decir “pedazo de cd”. 
Cada minuto que transcurría te quedabas más atónito por la extraordinaria sonoridad del lugar, en donde, sin embargo empezabas a extrañarte de no ver ningún altavoz en tu recorrido de vuelta al altar mayor.
Pero si no había altavoces –como ya te habías percatado-,  si no se encontraba nadie en el coro y tampoco en el altar, ni en las capillas adyacentes, ni al pie de alguna columna, entonces ¿de dónde venía esa voz que atribuías a una extraordinaria grabación?
Esa voz era de una joven peregrina que se encontraba sentada en un banco situado en la primera fila, a diez metros frente a la mesa de piedra consagrada.
Flore de Maillard.
Con vestimenta propia de caminar  una media de veinte kilómetros diarios, el pelo rizado y despeinado sobre sus hombros, las palmas de las manos hacia arriba apoyadas sobre sus muslos en posición de rezo y con los pies descalzos, la imagen de esa chica te sobrecogió hasta sentir de nuevo un tremendo escalofrío por todo tu cuerpo. Esta vez te quedaste inmóvil sin poder avanzar un paso más.
Cuando conseguiste reaccionar, te sentaste frente a ella en el primer escalón dejando a tu espalda el sobrio y frío altar. Aquella chica cantaba con los ojos cerrados y en las pausas, entre cántico y cántico, también se mantenía de igual manera, en absoluta concentración, abstraída en el propio ambiente monacal de la iglesia.
Poco tiempo después, en uno de esos intermedios abrió los ojos lentamente y fue cuanto te encontró frente a ella a la misma distancia. La sonrisa que te esbozó para ti significó que no estaba incómoda por haberte sentado delante, a esos escasos diez metros, con el fin de escucharla en el más absoluto recogimiento.
Al cabo de unos minutos, ella sacó un cazo metálico y lo puso a sus pies por si alguien deseaba dejarle alguna propina por la bendición de sus canciones, ya que eso fue lo que sentiste al escucharla, un momento de verdadera felicidad. Un regalo para el alma.
Pasada media hora de oírla cantar y aprovechando otra de sus pausas, se le acercó un compañero para hablar con ella, ocasión que procuraste para ponerte a su lado y esperar tu vez para preguntarle de dónde procedía.
En un tono de voz muy bajo y melódico, casi como un susurro y con acento francés, te dijo que venía caminando desde Francia y que se llamaba Flore, a lo que le replicaste:
-¿Flore, qué más?
-Flore de Maillard.
Respuesta que volviste a alegar, esta vez con mayor admiración y en igual susurro, al expresarle que tiene “un nombre precioso”. Comentario por el que ella te obsequió en silencio con otra dulce sonrisa.
Flore te explicó, en una breve charla, que la razón por la que había salido a hacer el Camino de Santiago fue para encontrar el enfoque que deseaba dar a su vida y, en particular, saber además a qué dedicar sus estudios de canto. Aunque su decisión final no te fue ajena. El rumbo que ella había elegido te conmovió todavía más.
Aquella joven peregrina te confesó que desea utilizar sus conocimientos de música y canto para “sanar con su voz, para ayuda y alivio de todas aquellas personas que lo necesiten". Prueba de esto fue la espiritualidad que Flore te transmitió y percibiste en cada una de sus interpretaciones gracias a la belleza de sus melodías y, sobre todo, a la paz que te infundió al escuchar su voz. La voz de Flore… Flore de Maillard. 
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viernes, 8 de abril de 2016

No preguntes por saber que el tiempo te lo dirá

Un libro de estudio de aquella época.
Carmen siempre te sorprendió hasta la última vez que la viste con vida, con 81 años recién cumplidos. Había nacido en el pueblo de Vilaflor de Chasna, en la Isla picuda de Tenerife, "el segundo pueblo más alto de España", como a ella le gustaba recordar.
Allí fue donde inició sus estudios y donde conoció a su primera maestra de escuela de origen gallego, Lina Priegue Priegue, quien le facilitó las alas para el resto de su existencia: enseñarla a leer y a escribir. Poderosas herramientas para defenderse durante toda su vida y perfilar el futuro del único hijo que tuvo.
Sin embargo, el golpe de Estado de julio de 1936 la arrancó de su Chasna natal para trasladarse en el vapor 'el correíllo' La Palma,  junto con sus padres y sus siete hermanos, a Santa María de Guía, en el noroeste de Gran Canaria. Desde entonces nunca más volvió a saber de su maestra gallega, a quien siempre le profesó un cariñoso y silencioso agradecimiento.
Ella jamás te habló de esta historia durante los treinta y un años y medio que viviste en la capital grancanaria, y fue a raíz de irte a vivir a Galicia cuando te reveló este recuerdo que siempre custodió de forma callada.
Es probable que ella presintiese que algo se terminaba, que sería la última vez que podría contarte algo de su vida y quizás esa pudo ser la razón por que la decidió narrarte unos hechos que tiempo después te ayudarían a comprender muchos detalles que para ti siempre pasaron desapercibidos, lo que también motivó que te hicieses un montón de preguntas.
¿Por qué durante treinta y un años junto a ella nunca te habló en tu tierra natal de esa maestra? Una historia de la que no sabías absolutamente nada.
Con todas las ocasiones que fue a verte a Galicia ¿por qué esperó a realizar su último viaje a tierras celtas para desvelarte una de las semblanzas más entrañables que albergaba en su anciana memoria?
Al igual que hacía cada vez que te abría los anales de sus recuerdos, en esta etapa de su vida le tocaba hablarte de ese misterioso personaje, relato al que prestaste tu máxima atención en un silencio casi monacal mientras en tu mente no hacías más que plantearte preguntas, preguntas y más preguntas...
Interrogatorio que en aquella ocasión evitaste hacerle en aplicación de la saeta que tu padre te enseñó cuando, siendo un chinijo, a cada momento lo acribillabas con cualquier cuestión y él te callaba respondiéndote con "no preguntes por saber que el tiempo te lo dirá, que no hay cosa más bonita que saber sin preguntar".
Sin embargo, pese a la sabia lección de tu padre, no parabas de barrenarte la mente por la curiosidad que la historia te generaba, de la misma manera que siempre hacías con todos los testimonios que Carmen te contaba desde que tuviste uso de razón.
Entre los recuerdos que te contó de "doña Lina", como ella la citaba con absoluto respeto, Carmen destacó el trato amable y cariñoso así como el estímulo que aquella profesora le infundió para amar la lectura y el arte de escribir, lo que a su vez motivó que desde niña mantuviese un interés constante por conocer todo lo habido y por haber.
Días después de hacerte esta confesión, Carmen volvió a sorprenderte con un nuevo gesto. Echó mano del listín telefónico y empezó a buscar el apellido de su maestra en una región que no conocía. Su octogenaria memoria le permitió recordar que doña Lina quizás tuviese familia en Santiago de Compostela, y centró sus pesquisas en los teléfonos de la ciudad compostelana y en los números de Vigo. Hasta que, a base de realizar innumerables e infructuosas llamadas, al final logró dar con los familiares de su profesora.
En principio, que localizara a los parientes de aquella señora lo viste normal. Lo que no te resultó normal fue el poder de convicción de Carmen para convencer a tres sobrinas de doña Lina para citarse con ella e, incluso, que una de las mismas se trasladase en tren desde Santiago de Compostela a Vigo para acudir al encuentro.
No salías de tu asombro al tratar de imaginar cómo tuvo que ser el semblante de las sobrinas de aquella maestra que había fallecido en Vilaflor hacía muchísimos años, incluso antes de tú nacer.
Nueve años después de esa reunión localizaste a las tres señoras que se reunieron con Carmen, pero ellas no lograron darte una explicación sobre cuáles fueron las razones por las que aceptaron la invitación para tomar un café con una desconocida que deseaba rendir un homenaje a la memoria de doña Lina. 
Y en ese instante caíste en el detalle de por qué eres periodista y quién te inculcó el amor a esta profesión en la que, en ocasiones, te has sentido mercenario informativo y, en otras, rebelde sin causa aparente.
Tú te hiciste periodista porque Carmen te lo inculcó a fuego lento, de la misma forma que se prepara un buen potaje de berros en Gran Canaria, con mucha sutileza y buena mano. Así lo hizo durante toda su vida y probablemente de forma inconsciente. Su existencia se centró en contarte las noticias y hablarte de las vicisitudes de la vida, en hacerte ver que el mundo evolucionaba con cualquier acontecimiento. Ella deseaba que siempre estuvieses informado y al tanto de todo para que pudieses hablar y opinar de cualquier tema con el conocimiento preciso. Porque esa es la labor de una madre extraordinaria: inculcar una buena formación humana, moral y académica y estimular la curiosidad y el conocimiento por todo. 
Pues, amigo, de qué manera te inculcó la profesión, porque su deseo también era compartir contigo lo que sucedía en el momento presente. Si de madrugada te levantabas al baño, de vuelta a tu habitación, en la oscuridad del pasillo te llegaba el eco de su voz desde su dormitorio anunciándote, radio en mano, que Indira Gandhi había sido asesinada, "le han pegado siete tiros", concluía su breve anuncio. 
En ese momento no sabías qué hacer, si volver a tu cuarto atravesando la galería oscura en donde de súbito sentías una sensación de abandono a raíz del inesperado impacto de esa noticia o retroceder al baño y permanecer unos minutos más hasta sentirte acompañado por ti mismo.
Vilaflor, Tenerife, en 1977. Foto: J.M. Navlet Rodríguez.
Recuerdos de situaciones similares nunca te faltarán. Con catorce años tuviste la ocasión de conocer a un tío de una de las mejores amigas de tu madre, Arsenio, natural de Cantabria, quien siendo preso republicano había sido condenado a trabajos forzados para la construcción de varias carreteras de Tenerife.
Después de escuchar de viva voz las experiencias de ese extraordinario señor, al regresar a casa, Carmen te alentaba a que redactases tus impresiones mientras desde la cocina te llegaba el olor de uno de los platos que con frecuencia te preparaba para la cena y que para ti significaba un manjar y la mejor manera de cerrar el día. Degustar una tortilla de papas con jamón cocido junto a un vaso de gazpacho
También recuerdas otra ocasión, cuando al regresar a casa te encontraste una nota en el espejo enmarcado en pan de oro, en la cual -al estilo de todas las que te dejaba por si ella no estaba-, te comunicaba el ingreso en la UVI del dirigente Julio Anguita, como si en tu casa el secretario general de Izquierda Unida formase parte de la familia.
La breve misiva acaba de forma significativa con la frivolidad del recordatorio de "compra dos panes", aunque luego pasases de bajar a la panadería no fuese a ser que, al volver y por arte de magia, te encontrases con otro trozo de papel en el que te comunicase el fatal desenlace del líder comunista. Noticia que te podría quitar el hambre de un plumazo y llevarte al consiguiente ayuno innecesario.
La suma de estos recuerdos y de muchos otros, las vivencias de las que Carmen te hacía partícipe y su última búsqueda, el descubrimiento de los familiares gallegos de su primera maestra, significaron el epílogo de la interminable lección 'periodística' que te dio durante toda su vida. Aunque hubo una enseñanza más importante.
Los acontecimientos que te han dañado son los que deben pasar al olvido de tu memoria pero los hechos que han marcado tu existencia y tu felicidad son los que no debes olvidar, y esos son los que debes transmitir y honrar en toda ocasión que se te presente.
Carmen sabía que le tocaba irse, que en breve abandonaría su cuerpo, pero antes deseaba compartir ese recuerdo como agradecimiento y homenaje ante los familiares de esa extraordinaria docente que le había indicado el hilo de la cometa a seguir a lo largo de su vida.
Pocos meses después del encuentro, las tres sobrinas de su mentora gallega recibieron una llamada telefónica que les comunicaba el repentino fallecimiento de esa señora de Canarias, cuyo deseo fue conocerlas para hablarles de los recuerdos que añoraba y que siempre guardó de su primera y adorada maestra.
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viernes, 13 de noviembre de 2015

La soledad forzada de la última mujer que vivió en Villa Excélsior (y II)

Villa Excélsior
Si pensaste que las sorpresas se acabaron cuando abandonabas la mansión de indianos más bonita que habías visto en tu vida, te equivocaste. En el camino empedrado que conduce a esa villa, te encontraste con Isabela. La primera impresión que te dio esta señora -que se identificó como familiar de Esther, la última mujer que habitó en el palacete- fue que te saldría con cuatro piedras en la mano, aunque, si en ese momento te llegan a decir que acabaría despidiéndose de ti con un abrazo muy sentido, no te lo hubieses creído. 
Isabela estaba harta de ver a curiosos merodeando por la zona con el propósito de entrar en la que antaño había sido la casa de sus familiares.
Ella te contó que era sobrina de Esther, hija de Manuel M. de A., quien decidió levantar esa soberbia construcción en el año 1912, gracias a la herencia recibida de un tío suyo -con el mismo nombre-, que hizo fortuna en Argentina con un negocio de tabacos que también llevaba el nombre que posteriormente le puso a la hacienda. Villa Excélsior.
Al pretender profundizar en los detalles de la historia de esa edificación abandonada, lo primero que Isabela te respondió fue que "todo lo que se dice en internet es mentira", e insistió "todo".
En ese instante, ese comentario te puso en alerta y procuraste no interrumpirla, porque te resultó muy interesante que continuase con su explicación, ya que para ti significó un privilegio el hecho de dar con un descendiente, cuyo testimonio directo, te permitió conocer parte de la historia sobre los antiguos propietarios. Minutos después te llevarías otra sorpresa.
La persona que por costumbre evitaba hablar con cualquier espontáneo que apareciese por el lugar, te impresionó cuando tomó la iniciativa de abrirte las puertas de su casa, para invitarte a subir al techo de un galpón, con el propósito de contemplar y admirar, todavía más, el jardín transformado en  una selva que casi imposibilitaba el acceso a aquella misteriosa propiedad.
Ya subido al tejado de ese cobertizo, Isabela te describió que, en su
Vista de la mansión desde la casa de Isabela
origen, la "finca madre" fueron los terrenos en donde ella reside, cuya división a principios del siglo pasado motivó el levantamiento de aquella villa con esa cúpula de azulejos de color verde que te seguía maravillando al observarla desde su casa.

Durante tu encuentro con esta extraordinaria fuente de información le preguntaste si se había publicado algo en prensa y recordó que tiempo atrás, en 1984, la periodista Maruja Torres había entrevistado a Esther para el suplemento de El País.
Isabela sostuvo que, Esther, presa de la desconfianza y ante el temor de que la periodista en realidad fuese una inspectora de Hacienda, "se puso su bata más vieja y la recibió totalmente desaliñada", pues el deseo de su familiar "era dar la imagen de que no tenía ni un duro".
De vuelta en el hotel en donde te alojabas, al anochecer buscaste información en internet. En la web de la oficina de información turística se citaba el lugar, pero no aportaba ningún dato de interés sobre su última moradora.
Días después regresaste a tu ciudad de residencia teniendo en mente que volverías a aquel lugar con dos objetivos: observar de noche la mansión desde el exterior y saber, de forma más pormenorizada, cómo pudo ser la vida de la señora que habitó en esa heredad tan enigmática.
Y volviste. No consigues explicarte qué tiene aquel lugar tan misterioso para que una noche de otro día cualquiera salieses con tu coche y abandonases otro de los grandes paraísos que, al igual que tu tierra de origen, Canarias, también significa Galicia.
Te pasaste casi toda la noche al volante hasta alcanzar la ría de Ribadeo, la frontera natural entre Galicia y el Principado de Asturias, en donde percibiste el mar Cantábrico en apariencia tranquilo, pero agitado en su interior, como también te sentiste por momentos, porque sabías que sería la última vez que volverías a ver esa casa que tanta intriga te generaba solo con recordarla. Lo misterioso y desconocido siempre ha ejercido en ti un poder de atracción que todavía no te explicas y probablemente te morirás sin saberlo.
Ya en tierras asturianas y al llegar al barrio de Barcellina, te situaste por detrás de la hacienda, frente al muro exterior. Cinco minutos después de apagar las luces de tu coche, cuando tus ojos se habituaron a la oscuridad, un escalofrío te sacudió todo el cuerpo al presenciar ese inmueble deshabitado, con los ventanales de madera al vaivén del viento y sus paredes en ruinas. El silbido del aire al atravesar los árboles de aquella finca era aterrador.
En esta ocasión no quisiste entrar porque experimentaste un miedo atroz. Un temor más cercano al respeto de ultratumba. Prudencia similar que mantendrías en días posteriores ante la historia que conocerías sobre las almas anónimas que en su época allí habitaron.
Al mediodía del día siguiente iniciaste tu particular indagación periodística y localizaste a Carmen Suárez, una amiga personal de Esther, quien, apoyaba en el quicio de su ventana, te narró algunos detalles sobre cómo transcurrieron los últimos años de Esther en el palacete.
Suárez destacó que Esther "se encontraba sola y todas las tardes se arreglaba de forma muy elegante para ir al casino a jugar al bingo con sus amistades". Aunque había una escena que a tu entrevistada
Esther. /E. Mencos Valdés, gentileza Blog de Zanobbi
no la dejaba indiferente porque se repetía con mucha frecuencia.

A su regreso del ateneo, Esther se presentaba en casa de esta amiga en la oscuridad de la noche, "y claro, por la hora que era cuando aparecía, la invitaba a cenar porque notaba su soledad", sostuvo esta señora.
La vida de Esther pudo estar marcada desde un principio por una serie de hechos que parecían predestinarla a la primera pena del ser humano: la soledad forzada. El tránsito por su propia vida con la tristeza en el interior de su alma.
Otras personas te contaron de su padre que, carente de la experiencia y las habilidades para los negocios heredados de su tío, al quebrar sus empresas, tomó la decisión final de retornar a España desde Buenos Aires. Pero su vida no tuvo una segunda oportunidad al morir en el barco en el que viajaba de vuelta a casa, en el transcurso de una escala en Lisboa.
El cuerpo del padre de Esther sería desembarcado en el puerto de Vigo, a donde ella había acudido ilusionada a recibirlo sin tan siquiera imaginar la fatal noticia que le comunicaría el capitán del buque. Esther regresaba a casa con el cadáver de su padre y con la soledad como única compañera silenciosa de viaje.
Sin embargo, las desgracias parecían no tener punto y final en el largometraje de la vida de esta gran señora. Poco tiempo después de casarse con un conocido juez y aficionado a la aviación, de manera casual, se enteraría por una amistad que su marido la había desheredado en silencio para dejárselo todo a sus cuñadas.
Una vez más, Esther se sumió en el más profundo y absoluto desconsuelo, pero resultó ser una mujer fuerte y muy valiente. Prueba de esto fue que el día que le comunicaron que su esposo había perdido la vida al estrellarse con su avioneta, el único comentario que hizo, con el que puso de manifiesto su discreta repulsa fue "pues allí donde cayó que lo entierren". Ella no acudiría a las honras fúnebres de su esposo.
Esther se quedó viuda muy joven, con poco más de veinte años, pero se podría adivinar que así debió de sentirse desde el momento que tuvo conocimiento del desprecio que le había hecho su marido.
No obstante, pese a que estos sufrimientos pudieron marcarle la existencia y moldear su carácter, se puso el mundo por montera. Porque si hay un recuerdo unánime entre todas las personas a las que les consultaste sobre el carácter de esta mujer fue su arrojo y coraje para salir adelante y continuar con una extrovertida vida social que le permitió disfrutar de una segunda familia, sus amistades, aquellas personas que uno elige que le acompañen hasta el final de sus días.
Se sabe que parte de sus principales vivencias transcurrieron entre Luarca y Madrid, hospedándose en la capital del reino en una pensión ubicada en la calle El Pez, siendo aquel hostal su centro de operaciones para desarrollar una vida más propia de una 'personal shopper', según te relató María Colmenero, sobrina nieta de tu anónima protagonista.
Cuando ya había logrado sobreponerse a las vicisitudes que debieron forjar su forma de ser, la mala suerte la volvió a golpear con una dureza extrema. Esther fue una de las 61 personas que resultaron heridas en el atentado más sangriento perpetrado por los GRAPO en la famosa cafetería 'California 47', en Madrid, el 26 de mayo de 1979.
Colmenero te narró que el personaje objeto de tu investigación se encontraba en el interior de aquel local tomando café con dos de sus mejores amigas. Ella resultó herida y requirió hospitalización durante 15 días. A sus amigas la explosión las cogió de lleno y murieron en el mismo lugar del atentado. Esther volvía a quedarse sola.
Ser testigo de este atentado la conmocionó profundamente, según también te comentó Olga. S. S., quien, junto con su hijo, José Ramón, regenta un conocido restaurante a la entrada del popular barrio de los indianos en Luarca.
Olga sostuvo que Esther tuvo secuelas de aquel atentado aunque pocas personas pertenecientes a la burguesía de Luarca llegaron a saber que esta persona tan célebre había resultado herida en aquel magnicidio.
"Esther era guapísima", te remarcó Olga, "pasaba por aquí y llamaba la atención, siempre elegante". En su juventud, su formación académica estuvo dirigida por institutrices que acudían a su mansión, pero esta vida de lujo pudo tener los días contados. La mala gestión de los negocios por parte de su progenitor había mermado la llegada de dinero para sufragar esa vida de ostentación reflejada en la mansión en la que vivió. Esto originaría el despido de la servidumbre así como de cualquier otra persona destinada a los trabajos de mantenimiento de la villa.
Una casona que carecía del suministro público de agua potable, aunque tenía un pozo, y cuyo voltaje de la luz todavía era de 125, circunstancias que, agravadas por la vejez de Esther, motivaron su traslado a un pequeño piso en Luarca, aunque no sería aquí en donde finalizó su existencia sino en la casa de la hija de quien fuera el  jardinero de su lujosa mansión. Alejada de tanta suntuosidad.
Acabadas todas las entrevistas y con todo lo que conociste, hubo un detalle que para ti no pasó desapercibido en el conocido enclave marinero, y para el que tampoco tendrás respuesta.
Todas las personas consultadas siempre se esmeraron en hablar de Esther, en asegurar que la conocieron, que la trataron y la apreciaron pero, de forma significativa, ninguna recordaba haber
El cementerio de Luarca
asistido a su entierro en el entrañable camposanto de aquel lugar que es difícil de olvidar por sus extraordinarias vistas al mar. Un cementerio en donde, el nombre de Esther, ni siquiera figura escrito en su lápida porque, según Isabela, "ella era muy humilde y no quería nada de esas cosas".

La protagonista de tu historia fue la última mujer que residió en aquella mansión. La última víctima que coexistió con un estilo de vida que le llegó de herencia en una época en donde la sociedad de clases estaba extremadamente delimitada.
La hacienda en la que residía ya le quedaba grande de tiempo atrás, y allí no tuvo más remedio que seguir representando una peculiar puesta en escena, sobre la que había sido educada. Circunstancias que le llevaron a compaginar unas duras y discretas condiciones de subsistencia con la salvaguarda de una dignidad que no evidenciase ante los demás la situación decadente en la que se encontraba en su propia casa. Un espacio en donde, en sus inicios, se vio rodeada de una vida extraordinaria en una villa 'Excélsior'.
Tras aquel largo día de entrevistas, en el transcurso de la puesta de sol abandonaste Luarca, un lugar de ensueño de donde te marchaste con varias satisfacciones: la primera, el lujo de haber conocido a gente tan excepcional, como impresionante también fue la historia que conociste de Esther. Tampoco olvidarás a José García León, otra gran persona que también te ayudó, siempre de forma desinteresada, y que fue el único que hasta la fecha había realizado un homenaje a la memoria de Esther en su 'blog de Zanobbi'. Gracias a su labor sobresaliente, y a las personas que con él han colaborado, te ubicaste sobre la importancia de aquella mansión de indianos, todavía enigmática para ti© Copyright 2015


lunes, 24 de agosto de 2015

La leyenda escrita en las paredes de una mansión abandonada (I)

La puerta de acceso a la mansión.
Es una característica propia de tu personalidad. Cuando ves algo que te sorprende, de súbito clavas los frenos de tu coche y cambias el rumbo sin dar opción a los que te acompañan a expresar su parecer. Y estas vacaciones hiciste lo mismo.
Justo en el momento que abandonabais el conocido barrio, morada final de todos los que se fueron a las Indias para hacer fortuna y luego volvieron presa de su locura, fue cuando te diste cuenta de aquella mansión abandonada. La más antigua de todas y, por sus dimensiones, la más grande.
Contemplar su torreón de azulejos verdes y todas las ventanas abiertas de su primera planta lo entendiste como una llamada para que visitases un palacete cuyo estado de abandono, difícil de imaginar, se había convertido en un grito ahogado y eterno del orgullo y el disparate de quienes fueron sus propietarios.
La emoción al descubrir esa villa deshabitada motivó que te equivocases de camino, otro hábito al que también tienes desacostumbrados a los tuyos. Pero no te cortaste un pelo. En medio de una nube de polvo retrocediste con el vehículo casi cien metros para luego adentrarte en un camino empedrado y cubierto a ambos lados por una vegetación casi salvaje, hasta situarte ante la verja de entrada que distaba otros centenares de metros del frontis del edificio.
La puerta de hierros oxidados, sustentada a ambos lados por dos pilares de piedra invadidos por un bosque que parecía querer huir del interior, te recordó la entrada de cualquier cementerio abandonado antes que el de una hacienda de indianos.
De forma aparente la puerta estaba cerrada con un candado, pero no fue hasta que apoyaste tu mano derecha en uno de los barrotes cuando, como por arte de magia, el extremo de la cancela de principios del siglo XIX cedió inesperadamente dando la bienvenida a tu curiosidad. Esa inquietud que, desde pequeño, te llevaba a marear a tu padre con preguntas interminables.
Y eso fue lo que hiciste. No te lo pensaste dos veces y entraste, y exploraste ese lugar con más de un siglo de historia, ya sin preguntar y sin permiso. Deseabas conocer cómo sería su interior, aunque todo te hizo presagiar que había sido prostituido en anteriores ocasiones por curiosos y saqueadores de todo objeto valioso.
Para acceder a la casa te sumergiste en una maleza de metro y medio de altura en donde pagaste tu atrevimiento a base de arañazos en tus brazos y piernas al atravesar un entramado de zarzas, especie que no logró disuadirte, cual alambrada colocada en un área fronteriza.
Fachada principal.
A veinte metros de la misma, el aspecto de la fachada principal era fantasmagórico. La entrada a la mansión la localizaste por el extremo izquierdo y, como si rindieses tus respetos, pasaste por debajo de un escudo que tenía esculpido en piedra las siglas de los apellidos de sus dueños. Una familia sobre la que ignorabas absolutamente todo.
El interior era desolador. No quedaba casi nada. Tus primeras impresiones fueron una danza de sensaciones entre el abandono y la tristeza. Era imposible caminar sin dejar de mirar un suelo que casi no existía en algunas dependencias y que te permitía observar el terreno virgen que en su momento estuvo oculto por un tablado de maderas de extraordinaria calidad.
A pocos metros recibiste otro impacto. Una gran sala que debió ser el salón principal, lugar de paso obligado para conocer el resto de la mansión, todavía albergaba una robusta mesa de billar situada a los pies de una escalera de mármol blanco. Otra seña evidente del nivel económico que tuvieron los dueños de ese inmueble de estilo colonial. Este hallazgo te puso en alerta. No estabas en una mansión cualquiera.
La mesa de juegos aún permanecía allí debido a su propio peso, aunque anteriores intrusos, o vándalos, ya se encargaron de rasgar el característico tapete color verde obviando, quizás, que hacían un favor para que no se descubriesen las posibles carambolas de la vida de quienes jugaron sobre ese gran tablero o los actos de amor que pudieron llevarse a cabo rubricados con el más absoluto silencio. Estos hallazgos te hicieron presagiar que allí se sucedieron unos hechos extraordinarios que motivaron la eliminación interesada del más mínimo rastro del estilo de vida de sus dueños. 
Un poco más atrás de esa mesa y bajo la escalera encontraste un piano, cuya arpa y tabla armónica estaban reventadas a patadas, pero que te empeñaste en averiguar si sonaba al accionar algunas de las piezas del clavijero. Y sonó...
Y tremendo susto te llevaste, amigo, porque los techos altos de la sala, que favorecían el eco de la misma, te recordaron el miedo que pasaste aquel día que te dejaron ver en televisión, con casi 12 años, la película francesa 'La leyenda la mansión del infierno'.
Hasta que no cesó el sonido no tuviste el valor de subir por los peldaños de mármol que te guiaron a las dependencias de la primera planta. Aquí te jugabas la vida si te apoyabas en el pasamanos de madera desde el que podías admirar e imaginar el esplendor del salón de la planta inferior así como del resto de la casa. 
A partir de este lugar la soledad y la desolación fueron tu única compañía. El paisaje interior estuvo marcado por el deterioro de sus paredes y los techos de las habitaciones, en las que se podía observar el esqueleto de las estructuras de madera que sujetaban lo que no pudieron mantener sus propietarios o, probablemente, lo que acabó con ellos el resto de su vida: los recuerdos que allí vivieron. Las fiestas de sociedad que con total certeza se celebraron y cuya asistencia debió ser casi una obligación por temor a la exclusión de una casta social a la que no era fácil pertenecer.
Detalle del estado de las ventanas.

Avanzaste con dificultad por el resto del palacete entre trozos de cristales, fragmentos de yeso desconchados como metralla y tabiques destrozados que dejaban ver en su interior el armazón de un hierro fundido en los cercanos altos hornos. Guiño también de la opulencia y garantía de que nunca caerían sus paredes ni la estructura de acero que las mantenían en pie, pese a que algún día de algún siglo este lugar acabase desvalijado. Y así lo entendiste. A la muerte de sus moradores, estos se hundieron en el olvido del tiempo pero no la construcción de su locura.
Tampoco se desplomarían las fachadas exteriores que sobrepasaban en altura los muros que cercaban esa casona con un gran jardín y otro edificio anexo que pudo hacer las funciones de cuarto de aperos o también de caballerizas y custodia de los carruajes o, incluso, de la servidumbre.
Tras sortear en el suelo varios boquetes que parecían el resultado de un bombardeo al azar, decidiste buscar lo que siempre piensas que debe tener una edificación tan singular y misteriosa, un sótano. Y no te equivocaste con tu presentimiento.
Este lugar estaba justo debajo de una escalera de servicio, a modo de caracol, que llevaba a un refugio subterráneo flanqueado por una inexplicable verja de hierro. Penetrar en este espacio fue una tremenda osadía. Los antepenúltimos y últimos escalones de madera constituían dos auténticas trampas en la oscuridad, porque las aristas de madera en las oquedades de los peldaños hacían la función de ratoneras sobre tus piernas. Entonces no tendrías escapatoria si nadie conocía tus intenciones de adentrarte en el subsuelo de esa villa.
Todo parecía estar preparado para que no regresase quien tuviese la desmesurada curiosidad por saber qué albergaba esa sala de aspecto fúnebre en la que solo habían viejas botellas de vino y champán junto a innumerables frascos con pociones de dudoso uso y efecto. Te sobrecogiste de nuevo al tener la sensación de hacer un viaje a un pasado que nunca conociste por entrar en una sala tan antigua y terrorífica. La bodega te advertía por si sola que no debías permanecer mucho tiempo en este espacio.
Y tuviste miedo. Un miedo atroz que se esfumó por un pequeño hueco al descubrir el color verde de la vegetación a ras del suelo del exterior, situado a metro y medio de altura.
Al igual que haces cuando accedes a cualquier lugar, ni tocaste ni te llevaste nada porque sabes que cualquier cosa que roces pierde la histórica posición de su identidad custodiada en el tiempo.
Dos horas después de explorar el interior la sensación que te quedó fue que la casa murió cuando se murieron sus dueños, quienes no debieron gozar de una vida muy feliz porque, después de su ausencia, y observado su total abandono, nadie, absolutamente nadie quiso hacerse cargo de esa herencia sustentada en un patrimonio arquitectónico, epicentro de una existencia que no tuvo un buen final y cuyo desamparo se advertía durante toda la visita.
Contemplar el vacío de la mansión era como moverse entre los bastidores de un escenario en donde sus moradores habían sido protagonistas de una larga obra teatral que acababa con el fallecimiento de los mismos, quedando las paredes destartaladas como decoración de un desolado, polvoriento y agónico espacio.
Sin embargo, unos minutos antes de dejar el palacete descubriste un detalle que encogió el corazón y te hizo un nudo en la garganta que te mantuvo en un discreto y prudente silencio hasta abandonar el lugar.
En la primera planta, en el ala norte, en una de las habitaciones cuya ventana permite ver el mar Cantábrico en el horizonte, alguien escribió un graffiti en una pared que parecía recordar el deseo de quien ingenió la construcción de esa villa.
El indiano y propietario de esa mansión sabía con certeza, por la vida de despilfarro que le llevó a edificar ese inmueble, que en el futuro, a la muerte de su última moradora, ese lugar quedaría deshabitado, abandonado, y aunque todo su interior desapareciese, excepto sus puertas, ventanas, suelos y techos, permanecerían sus paredes como únicos testigos silenciosos de lo que allí se vivió.
El graffiti.
Y eso fue lo que sucedió en el transcurso de tu visita. Las paredes fueron las únicas que te 'hablaron' como si se tratase de una psicofonía perceptible, pero no fácil de interpretar. La historia quedó en las paredes y las paredes permanecían para toda la vida, porque la leyenda que descubriste rezaba: "Todos los días de mí vida", cuyo punto y final era el boceto de un corazón. 
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miércoles, 1 de julio de 2015

Las sombras de un café

Un café puede ser la frontera del Cuarto Mundo.
Es una costumbre que tienes desde que viajas solo: conocer las cafeterías de las plazas de los mercados. Sabes que son uno de los lugares en donde las ciudades inician su despertar. Pero existe la cafetería de un mercado de abastos que no olvidarás en tu vida. Era la primera vez que visitabas ese edificio, con casi un siglo de historia. Al entrar la viste con los hombros y parte de su espalda al descubierto. Era una chica de piel mestiza y pelo negro. No reparaste en nada más de ella salvo en ese detalle. Te dirigiste a la barra y solicitaste un café. Después de contemplar el trasiego de vendedores colocando sus existencias, pagaste y saliste por el extremo opuesto por el que habías accedido.
Días después volviste porque te había gustado ese mercado en donde observaste detalles e imaginabas las fotos que podrías hacer. Y la viste de nuevo sentada en el mismo lugar, como la vez anterior, de espalda a ti y con otro top que delataba su espalda lisa y morena. Te sentaste en la barra y repetiste el ritual de siempre: café, contemplar a los puesteros y echar mano del periódico de la jornada.
Al marcharte hiciste amago de bajarte de la silla redonda y un leve dolor de tu hernia te obligó a mantener la postura a duras penas. En ese instante por detrás escuchas una voz femenina que te dice: "¿Problemas de espalda?".
Acababas de poner cara a la chica de pelo negro a la que solo le veías la espalda cuando entrabas en la cafetería en donde el olor del café y las porras se mezclaba con el de las frutas y verduras de los puestos más cercanos. Le respondes que tienes una hernia que te 'acompaña' desde los veinte años pero que no te da por 'meterle mano' al asunto porque "solo entro en un quirófano cuando la situación es insostenible".
Amanda, que fue como se presentó al tiempo que te extendía su mano derecha para saludarte, te dijo que era fisioterapeuta y, si lo deseabas, podías visitarla en su consulta para asesorarte. Acto seguido cogió una servilleta y anotó un número de móvil toda vez que te advirtió: "Tendrá que ser a partir de 15 o 20 días porque mañana salgo para Barcelona".
Le diste las gracias y guardaste el número sin apenas prestarle interés porque mantienes tu intención de no tratarte esa hernia con la que convives y cuyo dolor forma parte de ti y casi de tu carácter.
No será hasta dos meses después cuando vuelves a esa ciudad y a esa cafetería de ese mercado de abastos. De hecho casi te habías olvidado de ella hasta que entraste de nuevo en el lugar. Y como si el tiempo se hubiese detenido la volviste a ver, sentada en la misma mesa, de espalda a ti pero con un detalle que delataba que algo le había sucedido durante todo ese tiempo. Una tremenda cicatriz en el lado derecho de su espalda, en forma de media luna, cuya punta inferior debía de acabar a la altura de su cintura.
No la molestaste porque la encontraste ensimismada en la lectura del periódico. Tomaste tu café y en ese instante escuchas que te dice "hola, ¿qué tal tu espalda?".
Te vuelves hacia ella, le sonríes y observas sus facciones algo más delgadas. Le respondes que bien, aunque no te lo crees ni tú.
Amanda se despide de ti con unos exquisitos modales que desde el primer momento te llamaron la atención. Te vuelve a dar la mano, te sonríe, al tiempo que te desea que "te vaya bonito".
Tras varios viajes no vuelves a esa ciudad y cuando lo hiciste sí que te acordaste de ella y esta vez fue la razón que te llevó a la cafetería y no las fotos que siempre pospones pesando que tu vida es eterna y que siempre vas a gozar de todo el tiempo que desees y en las mismas circunstancias que vives.
Pero ella no estaba. Ya no se encontraba en su mesa de siempre con su postura habitual con una pierna sobre la rodilla de la otra, mirando hacia el periódico, con su top que mostraba su espalda cicatrizada en forma de paréntesis de su vida, y con los dedos de una mano apoyados sobre la página que leía mostrando siempre su particular interés.
Le preguntaste al dueño del local y te respondió que hace más de un mes y medio que no había vuelto por el lugar y que no sabía cómo se llamaba ni dónde localizarla. Te vas con una extraña sensación que ni tú mismo te explicas. Lo único que recuerdas es su extraordinaria educación e intentas recordar la fecha exacta de la última vez que la viste, porque ese es otro de los problemas que tienes desde que dejaste tu tierra para siempre: el no recordar cuándo suceden las cosas, ni las fechas, ni el tiempo transcurrido desde entonces. Estás en tierra de nadie, amigo. Estás en otro mundo pero muy diferente del que descubrirás semanas después.
Pasan los días y no sabes las razones por las que aumenta tu inquietud sobre qué le habrá sucedido a Amanda, ante lo que optas por buscar el número de móvil que te había anotado en una servilleta y que todavía guardas metido entre las páginas de tu agenda.
La llamas decidido pero no será Amanda quien te conteste sino una hermana que te pregunta quién eres y a la que le respondes -recordando su profesión- "un paciente".
Su respuesta te deja sin aliento, de piedra: "Amanda murió". Había muerto la noche de San Juan. 
Casi sin poder mediar una frase al uso le transmites tu pesar y le preguntas en qué cementerio se encuentra. Su hermana, cuyo nombre no llegaste a conocer, te dice los apellidos de Amanda y el lugar exacto en donde recibió sepultura, así como el rito religioso al que ella se había convertido por decisión personal pocas semanas antes de fallecer.
No será hasta el día siguiente, cuando ya sobrepuesto del impacto de la noticia, coges el coche y te diriges al camposanto que te habían indicado. Al llegar al lugar hay otro detalle que para ti no pasa desapercibido: ¿por qué está enterrada en una fosa común?
Escribiendo en un cementerio cualquiera.
Después de contemplar el entorno del cementerio e intentar resolver un montón de preguntas que te surgen sobre esa chica, al salir, ves a un operario y le preguntas sobre las razones de por qué Amanda está en ese lugar.
El trabajador te pide que le acompañes a una pequeña oficina, que también hace las funciones de cuarto de aperos, en donde saca un par de tomos de color azul mientras te pregunta por los datos y la fecha de fallecida.
La respuesta que recibes te vuelve a dejar de una pieza. "Ella tuvo un entierro de caridad".
Significa que ni ella ni su familia ni nadie de su entorno más inmediato podían costear las exequias. Amanda no tenía ni donde caerse muerta.
La pobreza, ese escondido Cuarto Mundo, viste pantalones vaqueros y top, comparte un comedor social y lleva un teléfono móvil de prepago para no aislarse del mundo, si al mundo le da por interesarse por ella. Sin embargo la gente que la conoce, salvo sus familiares más directos y cercanos, son los que ignoran cuál es su verdadera radiografía social. 
Rara vez llegamos a conocer las penurias que pueden estar sufriendo las personas que a diario saludamos cuando vamos a hacer la compra o a las que nos encontramos a la misma hora en el parque que atravesamos cerca de donde vivimos y con las que compartimos el comentario habitual sobre el tiempo que hace. Y así pasó con esa chica que conociste en aquella cafetería que se interesó por tu salud y te ofreció ayuda desinteresada para paliar tu dolor cuando el dolor de ella era peor que el tuyo y que te sobrepasó con la noticia de su muerte. 
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jueves, 11 de junio de 2015

Un 'ángel de la guarda' metido a maestro pizzero en Porto, Portugal

El Restaurante Pizzería 'Mamma Nostra', en Porto, Portugal. Un local con alma.
Te prometió una vida feliz, tranquila y alegre, y también que nunca te sentirías sola. Concebiste un hijo con él porque estabas profundamente enamorada. Segura de que sería un buen padre, un gran padre, comprometido a fondo con su responsabilidad paternal y las tareas domésticas, pero al poco de venir tu hijo al mundo tu criatura abrió los ojos al mismo tiempo que tú. Y te diste cuenta de la realidad, de cuál sería la dura realidad a partir de entonces para pasar a vivirla en silencio, resignada y cabizbaja .
Muchos lugares sirven de observatorios en donde se vislumbra cuál va ser tu vida y uno de ellos fue un restaurante, la Pizzería Mamma Nostra, situada en el 77 y 79 de la rúa Don Infante do Enrique en la bella ciudad portuguesa de Porto.
Tú entraste primero enfilando el pasillo y empujando tus ilusiones, tu única alegría y además tus preocupaciones, todas contenidas en el carrito en el que portabas a tu criatura. Detrás tu pareja, un individuo algo encorvado que vestía camiseta y bermudas, una vestimenta nada acorde con la categoría del local. Te indicaron el lugar en donde os teníais que sentar, una mesa rectangular. Tú de perfil a la cristalera de la entrada y un poco en penumbra, él, como los miembros de la Camorra, de frente a la puerta de entrada, con buena luz pero a tu izquierda.
Él solicitó la carta y pidió lo que deseaba comer, tú hiciste lo mismo, y cuando el camarero ya tomó nota de la comanda, te descubriste tu seno derecho y empezaste a amamantar a tu hijo, quien fue situado de forma estratégica a tu derecha para que él no tuviese que encargarse absolutamente de nada. Porque, al parecer era solo tuyo por tú haberlo traído al mundo. Él en su momento se limitó a descargar en ti y esa fue su única contribución, pensaste muchos meses después de nacer tu criatura.
Pasado un buen rato, tu hijo seguía recibiendo lo mejor de ti y tu pareja comenzó a comer, aunque por la manera de comportarse en la mesa y su lenguaje corporal ya dejaba entrever qué tipo de persona era y la educación de la que gozaba: codos sobre la mesa e, incluso en ocasiones, el antebrazo, agachado sobre el plato a punto de darse una hostia contra el mismo y bebiendo en el transcurso del almuerzo sin limpiarse las comisuras de los labios y dejando su seña de identidad en la copa. Pero había algo mucho más triste todavía: apenas te dirigió la palabra durante toda la comida. 
Una vez que tu hijo se quedó saciado, lo colocaste en el interior del capazo. Y comenzó, una vez más tu 'tortura': tu bebé empezó a llorar. Lloraba y lloraba y lloraba. Quería que lo cogieses en brazos, pero tú no podías más, casi no te quedaban fuerzas, no podías ni con tu alma.
Mientras tanto y ajeno al lloro de vuestro hijo, el padre seguía comiendo pendiente de algo de suma importancia: su smartphone, aparato que ejercía cual cuchillo representado en la mesa de la Última Cena de Jesucristo, retratado por Leonardo da Vinci.
Sin embargo, en el comedor de este precioso restaurante -situado en el interior un edificio histórico, calificado de Interés Público en 1994-, sucedió algo inesperado que nunca se suele ver o, si se ha visto, quizás nunca ha sido contado. El maestro pizzero -situado a la espalda de esta madre solitaria-, una vez que acabó todas las comandas elaboradas en el horno de leña, de inmediato abandona su puesto de trabajo para ofrecerse a coger a la criatura y tranquilizarlo hasta dormirlo en sus brazos.
Daniel Carvalho, maestro pizzero.
La madre pareció ver los cielos abiertos, pues el chef consiguió que ella comiese de forma sosegada y despreocupada al tiempo que el padre, que ejercía más de putativo de la criatura, se limitaba a levantar la mirada para ver qué sucedía y luego bajarla a su 'segundo aparato' más importante, su móvil. Lo único 'inteligente' que tenía en su mano.
Todos sabemos que un bebé se duerme en brazos de alguien cuando siente confianza, se muestra seguro y tranquilo y así fue hasta que la madre casi acabó de comer. Durante un buen rato el maestro pizzero dio largos paseos por el comedor acunándolo y susurrándolo con un cariño fuera de lo normal que evidenciaba que también debía ser padre.
El 'ángel de la guarda' y protagonista del final de esta historia, que refleja un denominador común de la idiosincrasia de Portugal: la exquisita educación de la mayoría de los portugueses, se llama Daniel Carvalho, maestro pizzero de profesión y voluntario 'niñero' en las pausas en su trabajo. 
Hace 9 meses tuvo "la suerte" de ser padre, "la ilusión de mi vida", según confesó después de acercarme a él para felicitarle por su gesto que conmovió a todos los presentes en ese comedor. A todos... menos al más importante, el padre de la criatura, quien debió de pensar que la extraordinaria acción de Carvalho estaba incluida en la factura de este excelente restaurante. Iluso.
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